Siempre esperamos que gente que está a
cargo de otros, especialmente en tareas de liderazgo y servicio, como médicos,
trabajadores sociales, sacerdotes y ministros de la comunidad, se dediquen
responsablemente a los que confían en ellos.
Los cristianos no tenemos otro modelo
que Jesús, el Buen Pastor.
Él era todo corazón para con las
personas, y estuvo dispuesto a ir tan lejos como hasta dar su vida por ellas.
Todos los que tienen responsabilidad
para con otros debieran ser como él: no fríos funcionarios, no gente que se
contenta sólo con hacer su trabajo, sino, ya sean laicos o ministros ordenados,
pastores -pastores con un corazón-, totalmente dedicados y comprometidos aun a
costa de sí mismos.
Y no olvidemos que todos tenemos
confiado el cuidado mutuo, unos de otros como hermanos.
Que Jesús, en medio de nosotros, nos
inspire y nos guíe siempre.
¿Acaso no tenemos todos, con frecuencia,
experiencia en nuestra vida de cometer disparates y compensarlos, de dar un
traspié y ponernos firmes otra vez, de caer y levantarnos de nuevo?
Esto no es sólo una imagen o metáfora,
sino que es básicamente la realidad misma como resurrección; para un cristiano esta vida es ya un
repetido morir y resucitar con Cristo.
La resurrección no es meramente algo que
nos ocurrirá en el juicio o cuando entremos a la morada de Dios después de la
muerte.
La resurrección está aquí con nosotros,
de forma bella y repetida.
Por la gracia de la Resurrección de
nuestro Señor seguimos, incluso ahora, muriendo y resucitando.
Compartamos este domingo la eucaristía,
el banquete de resurrección con Jesús, el Señor Resucitado.
Creemos que Cristo ha resucitado y vive
para siempre.
¿Qué significa esa fe para nosotros?
¿Está Jesús tan vivo para nosotros de
forma que podemos encontrarle personalmente en oración, escuchándole y
hablándole como de amigo a amigo, de corazón a corazón?
¿Tocamos sus heridas en los hermanos
heridos por la vida, en sus cuerpos o en sus corazones?
¿Le encontramos en nuestras propias
tristezas?
¿Le encontramos en nuestras alegrías y
en las alegrías de nuestros amigos?
¿Está Jesús vivo en nuestra comunidad
cristiana, y le encontramos ahí?
Pidamos al Señor en esta eucaristía que
le encontremos vivo y real todos y cada uno de nosotros.
Lo
que vamos a escuchar recibe el nombre de kerygma. Esta palabra griega
significa proclamación. Lo que hace Pedro es proclamar, en voz alta, los puntos
fundamentales de nuestra fe: Jesús, su historia, su vida, su Pascua y la
salvación que nos ha regalado. Leamos muy atentamente el kerygma, y pidamos a
Dios poder vivir y anunciar lo mismo que vivió y anunció la Iglesia durante más
de veinte siglos.
Hechos
de los apóstoles 10, 34. 37-43
Pedro, tomando la palabra, dijo:
“Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea,
después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con
el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y sanando a
todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en
Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo
resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo,
sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y
bebimos con él, después de su resurrección. Y nos envió a predicar al pueblo, y
a atestiguar que él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los
profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él reciben el
perdón de los pecados, en virtud de su Nombre”.