01 enero, 2015

1 DE ENERO - MARÍA MADRE DE DIOS


“María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.”


Comienza el año civil, y se va celebrando a lo largo del globo, según la tierra gira. 

Se celebra una noche vieja que da paso a la novedad de un nuevo guarismo para situar nuestro hoy en la historia. Este sentimiento de novedad de año puede oscurecer la solemnidad que se celebra, María, Madre de Dios. 

No podemos situar en oposición lo civil con lo litúrgico. Las celebraciones cristianas son celebraciones de la vida real, a esa vida real se unió el mismo Dios, como celebramos hace ocho días: hoy es el último día de la octava de Navidad. 

Comenzamos el año bajo la mirada de la Madre, que gracias a esta inmersión en nuestra historia de Dios, a través de su seno, es Madre de Dios. Y celebramos el onomástico del Niño, se llamará Jesús.

El EVANGELIO 
para el primer día del año 2015.



MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
XLVIII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2015

NO ESCLAVOS, SINO HERMANOS



1. Al comienzo de un nuevo año, que recibimos como una gracia y un don de Dios a la humanidad, deseo dirigir a cada hombre y mujer, así como a los pueblos y naciones del mundo, a los jefes de Estado y de Gobierno, y a los líderes de las diferentes religiones, mis mejores deseos de paz, que acompaño con mis oraciones por el fin de las guerras, los conflictos y los muchos de sufrimientos causados por el hombre o por antiguas y nuevas epidemias, así como por los devastadores efectos de los desastres naturales. Rezo de modo especial para que, respondiendo a nuestra común vocación de colaborar con Dios y con todos los hombres de buena voluntad en la promoción de la concordia y la paz en el mundo, resistamos a la tentación de comportarnos de un modo indigno de nuestra humanidad.

En el mensaje para el 1 de enero pasado, señalé que del «deseo de una vida plena… forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer».[1] Siendo el hombre un ser relacional, destinado a realizarse en un contexto de relaciones interpersonales inspiradas por la justicia y la caridad, es esencial que para su desarrollo se reconozca y respete su dignidad, libertad y autonomía. Por desgracia, el flagelo cada vez más generalizado de la explotación del hombre por parte del hombre daña seriamente la vida de comunión y la llamada a estrechar relaciones interpersonales marcadas por el respeto, la justicia y la caridad.Este fenómeno abominable, que pisotea los derechos fundamentales de los demás y aniquila su libertad y dignidad, adquiere múltiples formas sobre las que deseo hacer una breve reflexión, de modo que, a la luz de la Palabra de Dios, consideremos a todos los hombres «no esclavos, sino hermanos».

A la escucha del proyecto de Dios sobre la humanidad

2. El tema que he elegido para este mensaje recuerda la carta de san Pablo a Filemón, en la que le pide que reciba a Onésimo, antiguo esclavo de Filemón y que después se hizo cristiano, mereciendo por eso, según Pablo, que sea considerado como un hermano. Así escribe el Apóstol de las gentes: «Quizá se apartó de ti por breve tiempo para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido» (Flm 15-16). Onésimo se convirtió en hermano de Filemón al hacerse cristiano. Así, la conversión a Cristo, el comienzo de una vida de discipulado en Cristo, constituye un nuevo nacimiento (cf. 2 Co 5,17; 1 P 1,3) que regenera la fraternidad como vínculo fundante de la vida familiar y base de la vida social.

En el libro del Génesis, leemos que Dios creó al hombre, varón y hembra, y los bendijo, para que crecieran y se multiplicaran (cf. 1,27-28): Hizo que Adán y Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios.

Pero la fraternidad expresa también la multiplicidad y diferencia que hay entre los hermanos, si bien unidos por el nacimiento y por la misma naturaleza y dignidad. Como hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad. Gracias a ello la fraternidad crea la red de relaciones fundamentales para la construcción de la familia humana creada por Dios.

Por desgracia, entre la primera creación que narra el libro del Génesis y el nuevo nacimiento en Cristo, que hace de los creyentes hermanos y hermanas del «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29), se encuentra la realidad negativa del pecado, que muchas veces interrumpe la fraternidad creatural y deforma continuamente la belleza y nobleza del ser hermanos y hermanas de la misma familia humana. Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata por envidia cometiendo el primer fratricidio. «El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros».[2]

También en la historia de la familia de Noé y sus hijos (cf. Gn 9,18-27), la maldad de Cam contra su padre es lo que empuja a Noé a maldecir al hijo irreverente y bendecir a los demás, que sí lo honraban, dando lugar a una desigualdad entre hermanos nacidos del mismo vientre.

En la historia de los orígenes de la familia humana, el pecado de la separación de Dios, de la figura del padre y del hermano, se convierte en una expresión del rechazo de la comunión traduciéndose en la cultura de la esclavitud (cf. Gn 9,25-27), con las consecuencias que ello conlleva y que se perpetúan de generación en generación: rechazo del otro, maltrato de las personas, violación de la dignidad y los derechos fundamentales, la institucionalización de la desigualdad. De ahí la necesidad de convertirse continuamente a la Alianza, consumada por la oblación de Cristo en la cruz, seguros de que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia... por Jesucristo» (Rm 5,20.21). Él, el Hijo amado (cf. Mt 3,17), vino a revelar el amor del Padre por la humanidad. El que escucha el evangelio, y responde a la llamada a la conversión, llega a ser en Jesús «hermano y hermana, y madre» (Mt 12,50) y, por tanto, hijo adoptivo de su Padre (cf. Ef 1,5).

No se llega a ser cristiano, hijo del Padre y hermano en Cristo, por una disposición divina autoritativa, sin el concurso de la libertad personal, es decir, sin convertirse libremente a Cristo. El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Todos los que respondieron con la fe y la vida a esta predicación de Pedro entraron en la fraternidad de la primera comunidad cristiana (cf. 1 P 2,17; Hch 1,15.16; 6,3; 15,23): judíos y griegos, esclavos y hombres libres (cf. 1 Co 12,13; Ga 3,28), cuya diversidad de origen y condición social no disminuye la dignidad de cada uno, ni excluye a nadie de la pertenencia al Pueblo de Dios. Por ello, la comunidad cristiana es el lugar de la comunión vivida en el amor entre los hermanos (cf. Rm 12,10; 1 Ts 4,9; Hb 13,1; 1 P 1,22; 2 P 1,7).

Todo esto demuestra cómo la Buena Nueva de Jesucristo, por la que Dios hace «nuevas todas las cosas» (Ap 21,5),[3] también es capaz de redimir las relaciones entre los hombres, incluida aquella entre un esclavo y su amo, destacando lo que ambos tienen en común: la filiación adoptiva y el vínculo de fraternidad en Cristo. El mismo Jesús dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).

Múltiples rostros de la esclavitud de entonces y de ahora

3. Desde tiempos inmemoriales, las diferentes sociedades humanas conocen el fenómeno del sometimiento del hombre por parte del hombre. Ha habido períodos en la historia humana en que la institución de la esclavitud estaba generalmente aceptada y regulada por el derecho. Éste establecía quién nacía libre, y quién, en cambio, nacía esclavo, y en qué condiciones la persona nacida libre podía perder su libertad u obtenerla de nuevo. En otras palabras, el mismo derecho admitía que algunas personas podían o debían ser consideradas propiedad de otra persona, la cual podía disponer libremente de ellas; el esclavo podía ser vendido y comprado, cedido y adquirido como una mercancía.

Hoy, como resultado de un desarrollo positivo de la conciencia de la humanidad, la esclavitud, crimen de lesa humanidad,[4] está oficialmente abolida en el mundo. El derecho de toda persona a no ser sometida a esclavitud ni a servidumbre está reconocido en el derecho internacional como norma inderogable.

Sin embargo, a pesar de que la comunidad internacional ha adoptado diversos acuerdos para poner fin a la esclavitud en todas sus formas, y ha dispuesto varias estrategias para combatir este fenómeno, todavía hay millones de personas –niños, hombres y mujeres de todas las edades– privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud.

Me refiero a tantos trabajadores y trabajadoras, incluso menores, oprimidos de manera formal o informal en todos los sectores, desde el trabajo doméstico al de la agricultura, de la industria manufacturera a la minería, tanto en los países donde la legislación laboral no cumple con las mínimas normas y estándares internacionales, como, aunque de manera ilegal, en aquellos cuya legislación protege a los trabajadores.

Pienso también en las condiciones de vida de muchos emigrantes que, en su dramático viaje, sufren el hambre, se ven privados de la libertad, despojados de sus bienes o de los que se abusa física y sexualmente. En aquellos que, una vez llegados a su destino después de un viaje durísimo y con miedo e inseguridad, son detenidos en condiciones a veces inhumanas. Pienso en los que se ven obligados a la clandestinidad por diferentes motivos sociales, políticos y económicos, y en aquellos que, con el fin de permanecer dentro de la ley, aceptan vivir y trabajar en condiciones inadmisibles, sobre todo cuando las legislaciones nacionales crean o permiten una dependencia estructural del trabajador emigrado con respecto al empleador, como por ejemplo cuando se condiciona la legalidad de la estancia al contrato de trabajo... Sí, pienso en el «trabajo esclavo».

Pienso en las personas obligadas a ejercer la prostitución, entre las que hay muchos menores, y en los esclavos y esclavas sexuales; en las mujeres obligadas a casarse, en aquellas que son vendidas con vistas al matrimonio o en las entregadas en sucesión, a un familiar después de la muerte de su marido, sin tener el derecho de dar o no su consentimiento.

No puedo dejar de pensar en los niños y adultos que son víctimas del tráfico y comercialización para la extracción de órganos, para ser reclutados como soldados, para la mendicidad, para actividades ilegales como la producción o venta de drogas, o para formas encubiertas de adopción internacional.

Pienso finalmente en todos los secuestrados y encerrados en cautividad por grupos terroristas, puestos a su servicio como combatientes o, sobre todo las niñas y mujeres, como esclavas sexuales. Muchos de ellos desaparecen, otros son vendidos varias veces, torturados, mutilados o asesinados.

Algunas causas profundas de la esclavitud

4. Hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite el que pueda ser tratada como un objeto. Cuando el pecado corrompe el corazón humano, y lo aleja de su Creador y de sus semejantes, éstos ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos. La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, queda privada de la libertad, mercantilizada, reducida a ser propiedad de otro, con la fuerza, el engaño o la constricción física o psicológica; es tratada como un medio y no como un fin.

Junto a esta causa ontológica –rechazo de la humanidad del otro­– hay otras que ayudan a explicar las formas contemporáneas de la esclavitud. Me refiero en primer lugar a la pobreza, al subdesarrollo y a la exclusión, especialmente cuando se combinan con la falta de acceso a la educación o con una realidad caracterizada por las escasas, por no decir inexistentes, oportunidades de trabajo. Con frecuencia, las víctimas de la trata y de la esclavitud son personas que han buscado una manera de salir de un estado de pobreza extrema, creyendo a menudo en falsas promesas de trabajo, para caer después en manos de redes criminales que trafican con los seres humanos. Estas redes utilizan hábilmente las modernas tecnologías informáticas para embaucar a jóvenes y niños en todas las partes del mundo.

Entre las causas de la esclavitud hay que incluir también la corrupción de quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa para enriquecerse. En efecto, la esclavitud y la trata de personas humanas requieren una complicidad que con mucha frecuencia pasa a través de la corrupción de los intermediarios, de algunos miembros de las fuerzas del orden o de otros agentes estatales, o de diferentes instituciones, civiles y militares. «Esto sucede cuando al centro de un sistema económico está el dios dinero y no el hombre, la persona humana. Sí, en el centro de todo sistema social o económico, tiene que estar la persona, imagen de Dios, creada para que fuera el dominador del universo. Cuando la persona es desplazada y viene el dios dinero sucede esta trastocación de valores».[5]

Otras causas de la esclavitud son los conflictos armados, la violencia, el crimen y el terrorismo. Muchas personas son secuestradas para ser vendidas o reclutadas como combatientes o explotadas sexualmente, mientras que otras se ven obligadas a emigrar, dejando todo lo que poseen: tierra, hogar, propiedades, e incluso la familia. Éstas últimas se ven empujadas a buscar una alternativa a esas terribles condiciones aun a costa de su propia dignidad y supervivencia, con el riesgo de entrar de ese modo en ese círculo vicioso que las convierte en víctimas de la miseria, la corrupción y sus consecuencias perniciosas.

Compromiso común para derrotar la esclavitud

5. Con frecuencia, cuando observamos el fenómeno de la trata de personas, del tráfico ilegal de los emigrantes y de otras formas conocidas y desconocidas de la esclavitud, tenemos la impresión de que todo esto tiene lugar bajo la indiferencia general.

Aunque por desgracia esto es cierto en gran parte, quisiera mencionar el gran trabajo silencioso que muchas congregaciones religiosas, especialmente femeninas, realizan desde hace muchos años en favor de las víctimas. Estos Institutos trabajan en contextos difíciles, a veces dominados por la violencia, tratando de romper las cadenas invisibles que tienen encadenadas a las víctimas a sus traficantes y explotadores; cadenas cuyos eslabones están hechos de sutiles mecanismos psicológicos, que convierten a las víctimas en dependientes de sus verdugos, a través del chantaje y la amenaza, a ellos y a sus seres queridos, pero también a través de medios materiales, como la confiscación de documentos de identidad y la violencia física. La actividad de las congregaciones religiosas se estructura principalmente en torno a tres acciones: la asistencia a las víctimas, su rehabilitación bajo el aspecto psicológico y formativo, y su reinserción en la sociedad de destino o de origen.

Este inmenso trabajo, que requiere coraje, paciencia y perseverancia, merece el aprecio de toda la Iglesia y de la sociedad. Pero, naturalmente, por sí solo no es suficiente para poner fin al flagelo de la explotación de la persona humana. Se requiere también un triple compromiso a nivel institucional de prevención, protección de las víctimas y persecución judicial contra los responsables. Además, como las organizaciones criminales utilizan redes globales para lograr sus objetivos, la acción para derrotar a este fenómeno requiere un esfuerzo conjunto y también global por parte de los diferentes agentes que conforman la sociedad.

Los Estados deben vigilar para que su legislación nacional en materia de migración, trabajo, adopciones, deslocalización de empresas y comercialización de los productos elaborados mediante la explotación del trabajo, respete la dignidad de la persona. Se necesitan leyes justas, centradas en la persona humana, que defiendan sus derechos fundamentales y los restablezcan cuando son pisoteados, rehabilitando a la víctima y garantizando su integridad, así como mecanismos de seguridad eficaces para controlar la aplicación correcta de estas normas, que no dejen espacio a la corrupción y la impunidad. Es preciso que se reconozca también el papel de la mujer en la sociedad, trabajando también en el plano cultural y de la comunicación para obtener los resultados deseados.

Las organizaciones intergubernamentales, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, están llamadas a implementar iniciativas coordinadas para luchar contra las redes transnacionales del crimen organizado que gestionan la trata de personas y el tráfico ilegal de emigrantes. Es necesaria una cooperación en diferentes niveles, que incluya a las instituciones nacionales e internacionales, así como a las organizaciones de la sociedad civil y del mundo empresarial.

Las empresas,[6] en efecto, tienen el deber de garantizar a sus empleados condiciones de trabajo dignas y salarios adecuados, pero también han de vigilar para que no se produzcan en las cadenas de distribución formas de servidumbre o trata de personas. A la responsabilidad social de la empresa hay que unir la responsabilidad social del consumidor. Pues cada persona debe ser consciente de que «comprar es siempre un acto moral, además de económico».[7]

Las organizaciones de la sociedad civil, por su parte, tienen la tarea de sensibilizar y estimular las conciencias acerca de las medidas necesarias para combatir y erradicar la cultura de la esclavitud.

En los últimos años, la Santa Sede, acogiendo el grito de dolor de las víctimas de la trata de personas y la voz de las congregaciones religiosas que las acompañan hacia su liberación, ha multiplicado los llamamientos a la comunidad internacional para que los diversos actores unan sus esfuerzos y cooperen para poner fin a esta plaga.[8] Además, se han organizado algunos encuentros con el fin de dar visibilidad al fenómeno de la trata de personas y facilitar la colaboración entre los diferentes agentes, incluidos expertos del mundo académico y de las organizaciones internacionales, organismos policiales de los diferentes países de origen, tránsito y destino de los migrantes, así como representantes de grupos eclesiales que trabajan por las víctimas. Espero que estos esfuerzos continúen y se redoblen en los próximos años.

Globalizar la fraternidad, no la esclavitud ni la indiferencia

6. En su tarea de «anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad»,[9] la Iglesia se esfuerza constantemente en las acciones de carácter caritativo partiendo de la verdad sobre el hombre. Tiene la misión de mostrar a todos el camino de la conversión, que lleve a cambiar el modo de ver al prójimo, a reconocer en el otro, sea quien sea, a un hermano y a una hermana en la humanidad; reconocer su dignidad intrínseca en la verdad y libertad, como nos lo muestra la historia de Josefina Bakhita, la santa proveniente de la región de Darfur, en Sudán, secuestrada cuando tenía nueve años por traficantes de esclavos y vendida a dueños feroces. A través de sucesos dolorosos llegó a ser «hija libre de Dios», mediante la fe vivida en la consagración religiosa y en el servicio a los demás, especialmente a los pequeños y débiles. Esta Santa, que vivió entre los siglos XIX y XX, es hoy un testigo ejemplar de esperanza[10] para las numerosas víctimas de la esclavitud y un apoyo en los esfuerzos de todos aquellos que se dedican a luchar contra esta «llaga en el cuerpo de la humanidad contemporánea, una herida en la carne de Cristo».[11]

En esta perspectiva, deseo invitar a cada uno, según su puesto y responsabilidades, a realizar gestos de fraternidad con los que se encuentran en un estado de sometimiento. Preguntémonos, tanto comunitaria como personalmente, cómo nos sentimos interpelados cuando encontramos o tratamos en la vida cotidiana con víctimas de la trata de personas, o cuando tenemos que elegir productos que con probabilidad podrían haber sido realizados mediante la explotación de otras personas. Algunos hacen la vista gorda, ya sea por indiferencia, o porque se desentienden de las preocupaciones diarias, o por razones económicas. Otros, sin embargo, optan por hacer algo positivo, participando en asociaciones civiles o haciendo pequeños gestos cotidianos –que son tan valiosos–, como decir una palabra, un saludo, un «buenos días» o una sonrisa, que no nos cuestan nada, pero que pueden dar esperanza, abrir caminos, cambiar la vida de una persona que vive en la invisibilidad, e incluso cambiar nuestras vidas en relación con esta realidad.

Debemos reconocer que estamos frente a un fenómeno mundial que sobrepasa las competencias de una sola comunidad o nación. Para derrotarlo, se necesita una movilización de una dimensión comparable a la del mismo fenómeno. Por esta razón, hago un llamamiento urgente a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y a todos los que, de lejos o de cerca, incluso en los más altos niveles de las instituciones, son testigos del flagelo de la esclavitud contemporánea, para que no sean cómplices de este mal, para que no aparten los ojos del sufrimiento de sus hermanos y hermanas en humanidad, privados de libertad y dignidad, sino que tengan el valor de tocar la carne sufriente de Cristo,[12] que se hace visible a través de los numerosos rostros de los que él mismo llama «mis hermanos más pequeños» (Mt 25,40.45).

Sabemos que Dios nos pedirá a cada uno de nosotros: ¿Qué has hecho con tu hermano? (cf. Gn 4,9-10). La globalización de la indiferencia, que ahora afecta a la vida de tantos hermanos y hermanas, nos pide que seamos artífices de una globalización de la solidaridad y de la fraternidad, que les dé esperanza y los haga reanudar con ánimo el camino, a través de los problemas de nuestro tiempo y las nuevas perspectivas que trae consigo, y que Dios pone en nuestras manos.

Vaticano, 8 de diciembre de 2014


FRANCISCO



Notas:

[1] N. 1.
[2] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2014, 2.

[3] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11.

[4] Cf. Discurso a la Asociación internacional de Derecho penal, 23 octubre 2014: L’Osservatore Romano, Ed. lengua española, 31 octubre 2014, p. 8.

[5] Discurso a los participantes en el encuentro mundial de los movimientos populares, 28 octubre 2014: L’Osservatore Romano, Ed. lengua española, 31 octubre 2014, p. 3.

[6] Cf. Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz, La vocazione del leader d’impresa. Una riflessione, Milano e Roma, 2013.

[7] Benedicto XVI, Cart. enc. Caritas in veritate, 66.

[8] Cf. Mensaje al Sr. Guy Ryder, Director general de la Organización internacional del trabajo, con motivo de la Sesión 103 de la Conferencia de la OIT, 22 mayo 2014: L’Osservatore Romano, Ed. leng. española 6 junio 2014, p. 3.

[9] Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 5.

[10] «A través del conocimiento de esta esperanza ella fue “redimida”, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios. Entendió lo que Pablo quería decir cuando recordó a los Efesios que antes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios» (Benedicto XVI, Carta. enc. Spe salvi, 3).

[11] Discurso a los participantes en la II Conferencia internacional sobre la Trata de personas: Church and Law Enforcement in partnership, 10 abril 2014: L’Osservatore Romano, Ed. leng. española 11 abril 2014, p. 9; cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 270.


[12] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24; 270.




28 diciembre, 2014

LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ


¿HAY FAMILIAS SANTAS HOY?

En esta fiesta de la Sagrada Familia pensamos en todas las familias cristianas.

¿Hay familias santas, además de la de Nazaret?

Sí, las hay, cada una en su estilo único, si los miembros, padres e hijos, se aman y respetan mutuamente y dejan que Dios alimente y profundice su afecto.

Sí, si el alimento, la alegría y el cuidado se comparten.

Sí, si los roces o choques se resuelven de una manera que permita a los miembros crecer juntos en el perdón y en la comprensión mutua.

Sí, hay familias santas donde la puerta se abre con hospitalidad, y donde el Señor mismo es acogido en hermanos pobres y sufrientes.

Este domingo, siguiente a la Navidad, contemplando a la Sagrada Familia de Jesús, María y José, se ofrece a nuestras familias cristianas un auténtico modelo.

De muchas maneras la Sagrada Familia de Nazaret fue única, e imposible de imitar.

La Palabra de Dios, compartida este domingo, acentúa una forma en la que todas  nuestras familias pueden seguir el modelo de Nazaret: buscando la voluntad de Dios, obedeciéndola y  sintiendo alegría y felicidad en ella, aun cuando esa voluntad exija sacrificios. Se nos muestra a Jesús como alguien que, desde el niño que era en Navidad, creció a una madurez plena cumpliendo la voluntad de Dios hasta el final.


Que, como Jesús, nosotros también crezcamos y alcancemos madurez en nuestra fe y en nuestro amor. 


Boletín dominical de la Diócesis de Punta Arenas - Chile





21 diciembre, 2014

HORARIO MISAS NAVIDAD 2014 EN PUNTA ARENAS






DOMINGO 4° DE ADVIENTO


Servidora del Señor

¿En qué medida estamos disponibles para Dios y vemos lo que él quiere hacer en nosotros y por medio de nosotros? 

Hoy se nos muestra el ejemplo maravilloso de María. 

Aun sin ver claramente todo lo que implicaba, aceptó su misión de llegar a ser la madre del Salvador. 

Jesús quiere nacer en nuestro mundo por medio de nosotros también, con nuestra colaboración. 

Nosotros también tenemos que decir nuestro Sí a Dios y a sus planes para nosotros y para el mundo. 

Digamos generosamente nuestro Sí con Jesús y María. 



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AUDIOEVANGELIO , VILLANCICOS Y NOTICIAS DE LA COMUNIDAD DEL SANTUARIO





14 diciembre, 2014

DOMINGO 3° DE ADVIENTO


Exulten de Alegría

¿Cómo es que, con todas las cosas buenas como el Señor nos da, estamos con tanta frecuencia tan tristes y afligidos? 

Tenemos el regalo de los otros, tenemos nuestra fe, tenemos a Jesús como nuestro compañero en la vida, tenemos al Espíritu Santo para guiarnos, tenemos un Padre en el cielo que se preocupa por nosotros.

¡Alégrense, el Señor está cerca! Alégrense, el Señor está aquí.


Regocíjense, aquí está con nosotros el Señor, Jesús. Ahora con él podemos entrar en el Reino de nuestro Padre. 

Boletín dominical de la diócesis de Punta Arenas - Chile


PARA ESCUCHAR...






07 diciembre, 2014

DOMINGO 2° DE ADVIENTO


Preparando la Venida del Señor
       
En tiempos difíciles como los nuestros, la gente se queja con frecuencia de que, aunque muchas cosas están cambiando como nunca en otro tiempo, después de todo básicamente hay poco cambio a nivel humano. 

Hay todavía luchas y guerras, las injusticias permanecen o incluso aumentan, ya que ahora los medios para cometerlas son más potentes. 

Hay poco amor y compasión entre la gente. Sin embargo, Cristo vino hace mucho tiempo…  

La pregunta que se nos hace hoy es: ¿Qué hemos hecho con respecto a la Buena Nueva de Jesús sobre el amor, la justicia y la paz? 

¿Hemos construido hacia los otros  avenidas de integridad y fidelidad, de confianza en Dios y de confianza mutua entre nosotros?  

¿Podemos decir "Aquí está nuestro Dios", en cuyo nombre hacemos nueva esta tierra? 

Esa es nuestra tarea. Le pedimos a Jesús que nos ayude a llevar a cabo esta misión. 


Boletín dominical de la Diócesis de Punta Arenas - Chile

Canciones, Audioevangelio, 
Reflexión y noticias en el Domingo 2° de adviento, 
día previo a la fiesta de la Virgen Purísima.





30 noviembre, 2014

DOMINGO 1° DE ADVIENTO


TIEMPO DE ADVIENTO...

“Adviento se llama a estas semanas de preparación de Navidad porque el espíritu es una espera del que vendrá. 

San Pablo, en la I Lectura de la liturgia de hoy, nos dice que estemos preparados para la venida. 

Adviento recuerda la primera venida de Cristo que presagiaron los profetas del Antiguo Testamento anunciando un Dios que venía a salvar en el dolor y la humildad. 

Adviento recoge todas las páginas de los profetas. 

Adviento actualiza en el hambre de Dios de los hombres de hoy, todos los suspiros de los profetas: “¡Ojalá vinieras, Señor, a salvar al pueblo!”. 

Adviento es celebrar la venida de salvación que Cristo realizó hace veinte siglos, pero no es historia, es futuro”. 


Boletín dominical de la Diócesis de Punta Arenas - Chile.







23 noviembre, 2014

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO


El Enfermo y el Hambriento Eres Tú, Señor.


Hoy concluimos el Año Litúrgico, el Año de la Iglesia, con la solemne celebración de Cristo, nuestro Pastor y Rey. 

Vino a nosotros como nuestro Buen Pastor y nos confió la responsabilidad de cuidar unos de otros. 

Cuando venga a evaluar nuestra vida y a verificar  cuánto hay de bueno a su ojos y a los nuestros, él nos preguntará: ¿Se han preocupado los unos por los otros, han servido ustedes a los demás, especialmente a los pobres y a los débiles?  

No es sólo cuestión de servir a otros: 

Se trata también de servir a Dios,  ya que el prójimo en necesidad no es sino Cristo mismo "encarnado". 

Se trata, por lo tanto, de un acto de fe profunda. 

Este domingo pidamos al Señor fe profunda y amor generoso para vivir propagando su "Reino". 


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16 noviembre, 2014

DOMINGO 33° DEL TIEMPO ORDINARIO


Se Nos Ha Confiado Mucho

Dios, el Señor, confía en nosotros más de lo que quizás nosotros confiamos en nosotros mismos. 

Él nos confía muchísimos talentos y cualidades, no solamente para realizarnos plenamente como personas y llegar a ser los cristianos que él nos ha llamado a ser, sino también para construir la Iglesia y el Reino de Dios.

¡Qué tremenda confianza! Él se pone a sí mismo, su Iglesia y el Reino en nuestras manos!

Esa confianza se convierte en nuestra responsabilidad.


Este domingo pidaos a Jesús, el Señor, que nos dé la gracia de saber responder plenamente a la profunda confianza de Dios en nosotros.


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09 noviembre, 2014

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO - DEDICACIÓN DEL TEMPLO DE SAN JUAN DE LETRÁN


Templo en construcción

Los cristianos construimos templos para dar culto a Dios.

Los templos cristianos no tienen sentido si no apuntan hacia la Iglesia (Eclesia = Asamblea), la Comunidad - Cuerpo de Cristo animado por su Espíritu.

Dios está presente, en primer lugar, allí donde está el pueblo cristiano reunido con su fe, esperanza y amor.

Nosotros somos la Iglesia, y por la gracia de Dios nosotros hacemos la Iglesia; somos sus piedras vivas para la construcción.

Cuando nos reunimos en el templo, expresamos que somos el nuevo pueblo vivo de Dios que construye nuestras vidas en Cristo.

El templo o Basílica de san Juan de Letrán, además de ser la catedral de Roma y del Papa en calidad de obispo de la ciudad, es también la Iglesia madre y cabeza de todas las iglesias del mundo. De ahí el alcance universal de esta celebración litúrgica, en la que las iglesias de los cinco continentes se unen gozosas a la de Roma que preside visiblemente a todas las Comunidades cristianas del mundo en la caridad

La liturgia católica nos recuerda que el cuerpo de Cristo muerto y resucitado, sustituyó al templo judío de Jerusalén, y se ha convertido ahora en el cimiento sólido sobre el que vamos edificando día a día el edificio vivo de la Iglesia “en Dios Padre y en el Señor Jesucristo” (1 Ts 1,1).



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02 noviembre, 2014

DOMINGO 31 TIEMPO ORDINARIO - CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS



CREADOS PARA LA VIDA

La muerte permanecerá un misterio y un sufrimiento. Pero, como cristianos, vivimos en fe y esperanza.

Si tuviéramos suficiente fe, soportaríamos la muerte sin miedo y la acogeríamos como un regreso a la casa del Padre.

En nuestra fe no hay lugar para dudar de que en la muerte Dios no abandonará a su gente, obra de sus manos, hecha a su imagen y semejanza, por quienes Cristo murió y resucitó de entre los muertos.

Dios no nos dejará perecer para siempre. En Cristo tenemos la promesa de Dios de que nosotros resucitaremos también de entre los muertos para la gloria y alegría eternas.


Con esta esperanza, en este día con toda la Iglesia, ponemos a nuestros difuntos en las manos del Dios de vida con nuestra oración: 


Querido Dios y Padre nuestro:
Tú nos conoces y nos amas más allá de la muerte.

Te agradecemos
por habernos llamado
a vivir por siempre en tu amistad.

Te agradecemos  
por la felicidad sin fin
de los santos que viven en tu alegría.

Te agradecemos
por tu amor eterno hacia nosotros
y hacia todos nuestros queridos difuntos.

Recibe nuestra acción de gracias
por medio de Jesús, tu Hijo,
que vence a la muerte con su resurrección,

y es Señor de la Vida… 
de nuestras vidas. Amén.


Cantos de Fe y Esperanza para este día de recuerdo amoroso de nuestros Difuntos.


Boletín dominical, Diócesis de Punta Arenas - Chile







01 noviembre, 2014

TODOS LOS SANTOS


En esta celebración de Todos los Santos nos preguntamos: ¿Qué idea tenemos de los santos? Son para nosotros como soñadores idealistas, fuera de todo contacto con el mundo y con la gente, pasivos y tristones como sus estatuas? La liturgia de hoy nos cuenta una historia diferente. 

Los Santos son gente como nosotros, con la misma carne y sangre que nosotros. Pero tuvieron la valentía de ser diferentes, de hacer las cosas ordinarias de la vida a la manera extraordinaria de Cristo, de quien toman su valor. 

Ellos nos avergüenzan con su serena, pero fuerte amabilidad, su integridad, su entrega a Dios y a sus hermanos, trabajando por la justicia, la verdad y la paz. Pidámosle al Señor, que está aquí con nosotros, la fuerza para seguirle a él como ellos lo hicieron.


Oh Dios de esperanza y Señor del futuro:
Por medio de los santos nos inspiras hoy
con nuevas esperanzas en el futuro del mundo y de la gente.
Que nos percatemos, Señor,
de que, con tu fuerza,
hasta nuestros sueños más atrevidos
pueden hacerse realidad,
e incluso pueden ser superados:
que la justicia, la paz y el amor
sean valores por los que valga la pena vivir y morir,
y que, un día, tú corones
tu propio trabajo en nosotros,
por Jesucristo nuestro Señor. Amén.